“La muerte de Superman”, revivir el mito


Tenía doce años. Caminaba con mi madre cuando lo vi, reluciente, en un quiosco de revistas anónimo, de los muchos que se reproducen en la ciudad. Cuando compré La muerte de Superman (1992), no estaba consciente de que estaba adquiriendo un clásico, un emblema. Yo sólo era un niño más que disfrutaba los comic`s. No tenía idea de que, en mis manos, tenía una de las historias más trascendentales del universo DC.Tanto, que aún en día —a casi 20 años de su publicación original— persisten sus secuelas.

Reseñar un clásico no es tarea fácil. Casi todo se ha dicho ya. La trama es bastante simple: Doomsday, una amenaza sin precedentes, destruye a toda la Liga de la Justicia en un santiamén. Sólo Superman, el defensor de la Tierra, puede plantarle cara. Su primer contacto se queda grabado en la retina. El héroe saca el pecho para recibir un golpe monstruoso. Orgulloso, como si nada, Superman aguanta el primer encontronazo. Una viñeta después, el Hombre de Acero sale despedido por los aires por una patada que Doomsday le propina en el abdomen. “He enfrentado tornados menos fuertes”, menciona el héroe, atónito ante lo que le espera.

A lo largo de las páginas, el cómic se convierte en la lucha de Superman contra una fuerza sin razón ni motivos. Doomsday es la destrucción pura, irreflexiva. En cierto modo, el monstruo representa ese temor inherente del ser humano ante la devastación sin sentido, imprevista y catastrófica. Doomsday es terremoto, tornado, huracán, tifón. Entonces Superman muestra su lado más humano: el temor. Su contrincante emprende una carrera imparable hacia Metrópolis, epicentro de la vida sentimental de nuestro paladín de azul y rojo. Sí, Superman vela por todos los inocentes, pero los lazos con su ciudad lo hacen presa de un miedo profundo.

Pero el miedo se convierte en arrojo, en valentía, en la última responsabilidad. Como nunca, Superman termina golpeado, moreteado y cortado, con la única respuesta de la risa incomprensible y sádica de Doomsday. ¿Cómo ha llegado hasta aquí y cuál es su propósito?, se pregunta el héroe. No cabe explicación —o no, por lo menos, hasta un par de años después que DC se digne a darle un origen a su villano—. No hay que comprender, sólo reaccionar.

Superman contra Doomsday no es un cómic del bien contra el mal. Es la alegoría del hombre contra sus circunstancias, del mundo contra lo ilógico. Es la voluntad contra la adversidad en su peor faceta. Y ahí, en Metrópolis, entre golpes que cimbran los edificios, ambos caen. No más final feliz. La capa del héroe, desgarrada, como último adiós. Ya vendrán después las lágrimas y las ataduras de cabos. Ya llegará la desbandada de muertes y resurrecciones, de orígenes inventados, de retrocontinuidad retorcida. Ese día cayó el héroe más grande del planeta — aunque sea por unos meses, aunque haya vuelto después de la última frontera. La muerte de Superman lo cambió todo.

En ese momento, en mi infancia, no sabía lo que había atestiguado. Sin embargo, casi dos décadas después, ese ejemplar aún se mantiene —ahora amarillento y manoseado— en mi librero. La muerte de Superman es al mundo del cómic lo que El origen de las especies es para la biología. Más que un tebeo, es un tratado que sentó las bases del universo DC actual. Y como todo clásico, es para tomarse de nuevo, releerlo y notar que esas sensaciones se mantienen (quizá hoy más que nunca) vivas en sus ilustraciones. Porque no hay mejor homenaje que pueda dársele el héroe caído que revivir su mito.

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